sábado, 8 de enero de 2011



El tango... cuántos recuerdos del tocadiscos con Gardel, Piazzolla, Goyeneche Virgilio Expósito -sí, a mí de pequeña también me hacía gracia-, y cómo olvidarme de Eladia Blázquez...

Yo no era nada más que una niña que apenas rozaba una edad tan pronta que aún hasta el día de hoy desconozco pero que recuerda a esa mujer bajita, regordeta -cual musa de Botero (uno de sus pintores favoritos)-.

Recuerdo que cuando todos -mi padre, mi madre y mis tías- se iban a trabajar o a la escuela ella se quedaba a cargo de la casa con Anacleta -la mujer que por aquella época fue mi niñera y ayudaba a Nelsy (ese es su nombre) con la casa-.
Se sentaba en el salón con una botella, un cigarrillo y esa pequeña saltamontes que era yo en las piernas contándo de su juventud, de aquellas épocas donde soñaba y escribía viviendo en un mundo y cómo el amor se encarnó en Reinel, el ayudante del capataz, que trabajaba para su padre y con el que se fugó...

Sí...parece una historia de novela y, de hecho, me decía una y otra vez, cuando apenas sabía escribir, que algún día yo escribiría sus memorias o haría una película de su vida pero que acabara bien, como en la ficción suelen acabar este tipo de historias.

Por desgracia, la realidad fue mucho más dura que lo que en un principio parecía una historia de amor con los ingredientes de esos libros que solemos leer porque lo que estos no te cuentan es que detrás de ese "vivieron felices para siempre" se esconde la siguiente gran verdad: la jovencita que dejó a su familia acaudalada tenía que trabajar duro por primera vez en su vida para tener el pan sobre la mesa, después llegaron los hijos, la situación en la que vivía no era igual y el "príncipe azul" no resultó ser ese hombre bueno y maravilloso que narran... (no quiero entrar en detalles, pero simplemente es la naturaleza de un macho "cachaco" y una sociedad más que machista).

Recuerdo su olor empapado con cigarrillo, su lunar ocupando un tercio brazo izquierdo (también con una historia mágica y graciosa de por medio), esos cuadros de Botero colgados por toda la casa (de los que me decía ser ella la retratada e imaginaba una historia de cada uno de ellos), lo bien que me lo pasaba viéndola coser con esa vieja máquina que no funcionaba con electricidad sino con las piernas, la colección de figuritas del torso de compositores, un poco cabezones, de música clásica -tales como Chopin, Schubert, Mozart...- que rompí en un arrebato de niña pequeña y de los que sobrevivieron muchos menos que la mitad y de esa voz recitando sus poemas o cantando los versos de otros...


Sí, esa "cuchita" me enseñó a escuchar y sentir el tango, me enseñó a dejar que el corazón guiara los pasos del cuerpo con ese llanto del acordeón y del violín, que la voz se convirtiera en el espejo de esa pluma que creó todos y cada uno de los versos de estas canciones y, lo que considero me ha marcado, a sentir como si fuese en carne propia las desdichas, ilusión, resignación y lágrimas que se sienten en esa voz melancólica tanto como para ponerse la piel de gallina.

Me hace gracia cuánto de ella hay en mí...pero la vida sigue su ritmo, los años pasan, la distancia, el orgullo y la dejadez hacen efecto y esto que narro no son más que recuerdos guardados en un cofrecito y que de vez en cuando acuden a mí como momentos de otra vida... una vida que ha dado muchos giros desde su inicio hasta este momento pero que no olvida estos detalles que muchos ignoran que recuerde, como este.

1 comentario:

Gatopardo dijo...

Tango, melodías de arrabal. Gran Piazzolla. Volveré sin acosar