domingo, 17 de julio de 2011

No, no puedo dormir, estoy en el mismo éxtasis que me embargó y embriagó mientras iba bailando por una calle desierta en pleno sol y sin un instante de sombra... estoy embadurnada en excesos, en exceso de vida absorbida, aspirada, cautivada, digerida en una noche.

Estar al punto... al punto de la lágrima al sonar el himno, al punto del desmayo al pronunciar unas palabras, al punto del arrebato por tocar la caja o las maracas con canciones que te alelaban en su letra, o en solos improvisados de guitarra, en pasiones comunes hechas vida en canciones que nos tocaban el alma.

Sí... estoy al punto. Al punto de la nostalgia, del recuerdo, de la fascinación -no sé si lo he dicho antes pero es lo único que viene a mi cabeza- porque sí, fascinación éxtasis, delirio y límite... al límite de la locura espontánea de una noche de luna llena.

Y no, las palabras no deben callarse, no deben controlarse... al igual que no deben controlarse esos impulsos de levantarte y coger una guitarra o de arriesgarte a tocar unas maracas o caja a oído, o de preguntar sobre Tongo, Perú o hablar sobre esas cosas que no cambian ni antes ni ahora, de teorías petrificadas por la práctica o sobre la fotografía y la pintura y viceversa, o sobre mejorar lo existente en este mundo en el que todo está hecho pero donde a la vez llegaría a sorprender hasta dónde llega la mente del ser humano, o escuchar sobre política y la filosofía de la lucha en un pueblo que le cuesta despertar, o la poesía de los presentes, del arte de escribir, de la música, de la revolución que deben adoptar los jóvenes por el saber, de... de... de... ¡ay, de nuestra tierra!

Compatriotas (creo que así se dirigiría el Capitán Simón Bolívar a nosotros si estuviera aquí en este momento):

Hablo en el nombre de una juventud ausente pero no por eso significa que no esté presente. Hablo en nombre de una juventud, a la que me incluyo con mis 19 años, consciente de sus raíces de su pertenencia a un país con una historia de lucha, de sufrimiento pero también lleno de una merecida dignidad, honorabilidad con su historia –si algunos se preguntan si esta palabra existe, en efecto… miré al diccionario- y, aun existiendo un mar de desigualdades entre nuestros ciudadanos… nos describiría como apasionados y amantes de las pequeñas cosas que nos ofrece día a día la vida.

Es realmente admirable –desde el punto de vista de una mujer de mi edad que lleva en este país desde sus 7 años- que todos y cada uno de los presentes se congreguen aquí luchando con el tiempo y el hecho de vivir en otro lugar que no es en el que nacimos o que, como sé que también hay muchos, no han nacido pero son parte de nuestra comunidad de pies a cabeza.

Quizás les pase lo mismo que a mí, que tengo un recuerdo utópico de una infancia feliz donde las nuevas tecnologías no habían alienado a los niños y donde embarrarse hasta las cejas era el respirar de nuestro día a día entre los gritos de una abuela, una tía, una madre llamándonos “venir para la casa” porque el almuerzo estaba listo o porque las tareas no lo estaban… (ese era mi grito menos favoritos, el de las tareas… porque los que me conocen saben que soy de buen comer).

Si me preguntan en algún momento si volvería a Colombia no sabría qué responderles precisamente por el hecho de no alterar ese ideal y quimérico recuerdo que tengo de nuestra tierra, pero lo que sí sé es que como colombiana o española porque cuando uno lleva cierto tiempo en otro lugar tiende a olvidar sus raíces o incluso avergonzarse de ellas, o en el caso de los presentes que las tenemos más vivas que nunca- ya que no hace falta estar allí para sentirla, respirarla, degustarla por lo que como futuro de un pasado inculcado-, me comprometo a difundirle a todos los que pueda el gran honor que tengo de ser de dónde soy y de poseer las raíces que corren por mis venas, de cantar con sentimiento un vallenato, bailar una cumbia, poder entender sin ningún problema la magnífica prosa de Gabriel García Márquez o hablar de mitos y leyendas como el del “coco” o “la llorona”, y haber comido más zancochos, arroz, carne y tajá, salchipapas y arepas de los que me cabían en el cuerpo.

Porque sí, compatriotas… hoy estamos ante el hombre gracias al cual no hubiese sido posible llamarnos colombianos, hoy estamos ante un hombre que dio un gran paso para ofrecernos lo más grande que podemos poseer… nuestra identidad y nuestra libertad de sentirnos parte de ese precioso pueblo en el que nacimos porque aunque nos falte mucho para ganar la batalla a todas las injusticias que nos han azotado desde mis tiempos, los suyos y los del Libertador todos coincidimos en la dicha, el gusto y la satisfacción que nos produce el ser bolivarianos (porque sí, todos los aquí presentes sean de la nacionalidad que sean lo somos).





2 comentarios:

Gatopardo dijo...

Uno, que en su infancia ha sido emigrante integrado en Alemania, y a pesar de ser acérrimamente antinacionalista, se siente absolutamente indentificado.
Un abrazo

Andsha dijo...

La presente es también integrada en España pero el hecho de estar fuera y ese cierto toque de nostalgia y "utópico recuerdo" hace que cierto pincel patriótico le dé un barniz a sus pensamientos y más cuando se hacen este tipo de cosas tan emotivas.

Hoy, por ejemplo, estuve en la otra fiesta... porque a un colombiano le pones alcohol y música que le guste, regalos y comida y es "cuapé" ergo se convierte en todoterreno pero ésta es tan diferente, con una filosofía tan diferente...

No me malinterprete, bailé como nunca... pero al salir siempre hay ciertos disturbios que termina la policía por ahí y no crea usted que es muy bonito ver ese tipo de escena; de todas formas, el de ayer... ay, aún sigo algo ensimismada, pero sabe usted qué? Que en el de ayer no es que fuese una fiesta exclusiva sino que precisamente al ser otro estilo no tiene tantos adeptos como el de hoy y eso es lo que te hace pensar.

pd: tengo los pies literalmente negros de lo tanto que he bailado hoy... como en los años 1600 y el disco de Joe Arroyo XD